PREGÓN DEL CINCUENTENARIO
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Reproducimos aquí el texto íntegro del Pregón de las Bodas de Oro de nuestra Hermandad, pronunciado el sábado día 22 de enero en las Caballerizas Reales por el cofrade y periodista Jesús Cabrera. |
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La confianza que la junta de gobierno ha depositado en mí para que
esta tarde esté aquí pregonando esta efemérides, difícilmente puede
ser correspondida. Es una muestra de generosidad que me ofrecen y que
agradezco con sinceridad, como en su momento se lo transmití al hermano
mayor. Mi agradecimiento quiero hacerlo también extensivo a Paco Gómez,
mi presentador, por sus palabras llenas de afecto, aunque excesivas.
La relatividad de la cifra de los cincuenta años nos daría para ahondar
en una infinidad de matices, para analizar el tiempo transcurrido, lo
permanente y lo cambiable, la evolución, en definitiva, de todos
nosotros. Qué diferente aquella ciudad a la de hoy, qué irreconocible
aquella Semana Santa de la nuestra.
Estas palabras, más que un pregón deben interpretarse como la
evocación de un tiempo transcurrido, adobado con vivencias personales y
todos aquellos ingredientes característicos de un acto de este tipo.
Hablo de tiempo transcurrido como de tiempo ganado. En cincuenta años
hemos mejorado todos, aunque algo se haya quedado por el camino. Por esto,
desde la esperanza en los años venideros, miremos atrás, con la
indulgencia que nos da la distancia, para comprender el porqué hoy
algunas cosas son así, para descubrir aspectos que, a lo mejor por la
cercanía de lo vivido, nos pasaron desapercibidos y para que los cofrades
de Córdoba no enorgullezcamos de contar con una hermandad como la del
Cristo de las Penas.
Cincuenta años pueden ser muchos o pocos dependiendo de cada uno,
pero se ha demostrado que ha sido el tiempo en el que esta cofradía se ha
abierto un hueco destacado en el movimiento cofrade cordobés. Hablar de
Las Penas de Santiago es hacerlo de algo sólido, consolidado y con una
personalidad propia. Es una hermandad perfectamente identificable dentro y
fuera de Córdoba. Es imprescindible cada Domingo de Ramos. La devoción secular a este venerable crucificado comienza a bullir en la década de los 30. Un grupo de jóvenes fundan una cofradía, la de la Sagrada Lanzada, que no llegaría a cuajar. Desavenencias con el párroco frustran esta iniciativa. Pero poco importa, ya que años más tarde en el grupo juvenil de Acción Católica de la parroquia de Santiago, alentados por el párroco, don Antonio Navarro, deciden poner en marcha la hermandad que actualmente conocemos y de la que celebramos sus bodas de oro.
Para no repetir errores del pasado, los pioneros prefirieron pisar
firme, no perder el tiempo pero tampoco apresurarse hacia un tropezón
irremediable. De este modo, primero se constituyó la comisión gestora el
25 de enero de 1955. Por tanto, el próximo martes se conmemorará su
cincuentenario. Paralelamente se desarrollan los trámites administrativos
en el Palacio Episcopal que culminarán un año más tarde, el 8 de
febrero de 1956, momento en el que el cabildo fundacional constituye la
cofradía y elige su primera junta de gobierno. No hay porqué correr. Hoy día no se entendería la creación de una cofradía sin un patrimonio mínimo indispensable. En este caso es al contrario, los primeros cofrades de las Penas contaban con algo que otras hermandades aún no han alcanzado. Tenían lo fundamental y lo más difícil de obtener: la devoción popular, extendida por la ciudad y transmitida en la masa de la sangre a una imagen. Éste era su gran tesoro. Y no hay por qué correr.
En su primera salida en procesión, el Santísimo Cristo iba entre
cuatro grandes faroles. A falta de respiraderos, las flores cubrieron su
hueco. Las túnicas era negras y rojas, como ahora, y sobre el pecho de
los nazarenos campeaba la cruz de Santiago como seña de identidad, como
distintivo de un barrio, más incluso que como escudo de la parroquia.
¡Cuánto ha cambiado Córdoba en estos cincuenta años! La capital
contaba con un único puente, el romano. Ahora tiene seis, nada menos. La
ciudad, que tenía un nuevo equipo de fútbol, iba desde Cañero hasta los
pisos de Cañete. Lo demás era campo. Levante y poniente eran sólo las
referencias de donde nacía y moría el sol. Había sólo 22 hermandades y
el abono de un palco en las Tendillas costaba 275 pesetas.
La Hermandad de las Penas se incorpora a la Semana Santa en un
Domingo de Ramos en el que sólo salían a la calle las cofradías de la
Esperanza, entonces en Santa Marina, el Rescatado y la novedosa del Cristo
del Amor, que llegaba a la carrera oficial desde la lejanía inconcebible
y heroica de un barrio reciente, sin olvidar a la Borriquita de Sánchez Núñez
que hacía estación de penitencia a primera hora de la tarde desde la
Trinidad.
En aquella época, en la Córdoba de mediados de los años 50, la
Semana Santa era algo que ocurría en la calle muy tarde, a horas
intempestivas, muy propias para las críticas de la sociedad bienpensante.
La primera en llegar a la carrera oficial lo hacía a las once de
la noche, nada menos, 45 minutos después de que salga actualmente de Las
Tendillas el último paso de este día que es el del Rescatado.
Si aquella Semana Santa tenía unos horarios desorbitados, los
itinerarios tampoco lo eran menos. En 1956, una vez constituida la Cofradía
de las Penas, la Virgen de los Dolores pasó por Doctor Fleming, La
Caridad y La Expiración, por Ronda de los Tejares; La Misericordia, por
San Lorenzo; El Huerto, por Puerta Nueva y La Sentencia, por la Puerta del
Rincón. Para comprender mejor estos recorridos que hoy tacharíamos de
disparatados e ilógicos, sería conveniente recordar que la mayoría de
los pasos iban a ruedas y que la carrera oficial comenzaba en la plaza del
Salvador, ante San Pablo, y seguía por Claudio Marcelo, Tendillas,
Gondomar, Gran Capitán hasta el cruce con Ronda de los Tejares.
Era una Semana Santa de túnicas nada homogéneas, cortas y
descoloridas; de cabos de cera pinchados en unos palos con cubillo de
hojalata, de bombillas y focos, de flores desiguales pero fragantes y
olorosas como ninguna otra, con la satisfacción de que no habían crecido
más allá de las huertas de la Fuensanta. La pasión por las cofradías
se transmitía de padres a hijos, no había más revista que la que
publicaba algunos años la Agrupación y en la que, generalmente, se repetían
los textos y las fotos de una vez para otra. Sin discos ni vídeos, la
actividad comenzaba poco después del Miércoles de Ceniza. Las casas de
hermandad cobraban vida con la presencia de los que “era mucho” de tal
o cual cofradía. La estación de penitencia se preparaba como se podía,
y hasta el año que viene. Durante el resto del año quedaba el rescoldo
de la devoción profunda y sincera hacia los titulares, que no es poco.
Esta actitud, que ahora se entendería como un desdén, era la lógica en
la sociedad de la época y en un movimiento cofrade que no viviría el
inicio de su máximo apogeo hasta finales de la década de los 70.
En este paisaje cofrade se incorpora Las Penas de Santiago a nuestra Semana Santa. Desde este barrio, que es literal y geográficamente el último rincón de la Córdoba intramuros –ahora llamada casco histórico-, aporta lo mejor que tiene, sus hombres y su Cristo, a la gran fiesta de la primavera. El trabajo de los primeros años fue intenso, pero, como ha quedado dicho, no había prisa. Poco a poco va tomando forma el paso del titular. Severas formas para una sobria silueta. Aunque no existiese una rivalidad como tal, esta hermandad tenía la referencia de la del Cristo del Amor, nacida poco antes, en una barrio nuevo y que contaba con todas las bendiciones del obispo fray Albino y de su sobrino don Pelayo, el párroco de Jesús Divino Obrero. Una y otra tenían –y tienen- en común el hecho de adoptar como titulares a viejas devociones de la ciudad. Pasa el tiempo y en la tónica de crecimiento de la hermandad, se incorpora la imagen de Nuestra Señora Madre de los Desamparados, una advocación nueva pero una mirada dulce, maternal que enseguida daría un nuevo impulso a estos cofrades. Para ella se hace un paso de palio y rápidamente se abre un hueco en el corazón de sus hermanos. Con el paso del tiempo, sus ojos implorantes son la prolongación ante el Padre Eterno de los ojos de las mujeres, de las madres, de los jóvenes, de los hombres que a Ella acuden como segura intercesora ante tanto drama humano. A todos ellos acoge benigna y generosa bajo su manto, como manda la iconografía de su intitulación. A los desamparados por tanta tragedia doméstica, que son las que no trascienden pero duelen y ahogan de forma silenciosa, esta Virgen dulce ofrece este consuelo que hallamos en el suspiro, breve y profundo, que suelta quien ha estado unos instantes ante Ella en oración.
Qué regalo más grande fue la Madre de los Desamparados para los
hermanos de las Penas, para los vecinos de Santiago y para Córdoba
entera. Al poco estaba enamorando a los geranios de Agustín Moreno,
mientras el sol declinaba por la otra punta de la calle, por San Pedro. En
un paso de palio que estaba prácticamente por hacer fue un día la
sorpresa en una ciudad en la que las noticias cofrades no corrían al
momento, como sucede en la actualidad. Después vendría San Juan, que en
esta hermandad cumple su verdadero papel y no es simplemente un volumen
que nos sirve para completar la simetría en altares y retablos. San Juan
Evangelista, el discípulo amado, el patrón de la juventud, tiene sus
cultos al final de cada año para iluminar a los jóvenes por el tortuoso
sendero de la vida. En este medio siglo de historia, cuyo
aniversario se abre hoy aquí con este acto, se pueden señalar momentos
felices, de gozo y alegría colectiva por los logros alcanzados y por las
recompensas que el tiempo depara al trabajo bien hecho. Pero, por el
contrario, también hay instantes en los que diversas circunstancias
escribieron capítulos negros en el devenir de la cofradía que fueron
felizmente remontados gracias al esfuerzo y a la grandeza de corazón de
sus hermanos. El capítulo más triste, que todos recordáis, sería el de
aquella madrugada del 3 de diciembre de 1979. Era lunes y apenas había
amanecido sobre Córdoba cuando sacaron de la cama a don Pedro del Pino,
el párroco. Estaba ardiendo la puerta de atrás de la iglesia, la que
daba a la atarazana situada bajo el coro en donde se guardaban los pasos
de la hermandad. Este hecho así contado no pasaría de ser un
suceso doloroso sin más, pero que es necesario contextualizar en el
momento histórico que se vivía en aquel instante. Perdonad que la
deformación periodística me pueda a la hora de encajar este incendio en
la vida de la ciudad de aquellos días sin pretender, en absoluto,
establecer una relación de causa efecto entre unos hechos y otros, sino
simplemente con el objetivo de enmarcar lo ocurrido. No se había cumplido aún el primer año de
los primeros ayuntamientos democráticos y España adaptaba su estructura
al nuevo Estado. En la víspera del incendio se había celebrado una
manifestación en la que participaron varias decenas de miles de personas
pidiendo la autonomía para Andalucía. Un grupo extremista se enfrentó a
esta reivindicación masiva en Las Tendillas, esquina a Gondomar, y se
saldó con el balance de 14 heridos, cuatro de ellos graves, y diez
detenidos. La Córdoba que se acostó con el pulso acelerado por estos
hechos violentos se levantó sobresaltada con el incendio de Santiago,
casi al año de que las llamas arrasaran la iglesia de la Merced. Son
incidentes aislados, sin relación entre sí, como el tiempo demostró,
pero que estaban presentes en el ánimo de quienes veían en la calle
Agustín Moreno subir el humo junto a la torre de la iglesia. Cuentan las crónicas que fueron 20 los
minutos que tardaron los bomberos en llegar desde su viejo cuartel del
Parque Cruz Conde hasta Santiago. Fueron 20 minutos decisivos para que un
material altamente inflamable se carbonizara a una velocidad de vértigo
ante la impotencia de los testigos del siniestro, muchos de ellos
trabajadores y clientes de las viejas lonjas de Campo Madre de Dios.
La parte positiva del suceso, por calificarla de alguna manera,
fue que las llamas no salieron de este bajo coro, de este almacén en el
que la Hermandad de las Penas guardaba el paso del Cristo, los
respiraderos del nuevo paso de palio para la Virgen de los Desamparados y
otros objetos de su patrimonio que quedaban reducidos a cenizas. Al causar
las llamas sus estragos en este lugar, las imágenes salvaron su
integridad, aunque en ellas quedaran las huellas ahumadas del incidente,
como muecas dramáticas de dolor, en rostros de héroes que habían
vencido la destrucción y ganado la inmortalidad. Frente a la profundidad del dolor por lo
ocurrido, la grandeza de estos hermanos los sobrepuso con una rapidez
admirable. No había tiempo que perder. Quedaban sólo cuatro meses para
la Semana Santa, y el Domingo de Ramos de 1980 la Hermandad de las Penas
dio uno de los más bellos ejemplos de lo que realmente es una cofradía.
Contaba con poco más de 25 años de historia -plena juventud de valentía
y decisión- y ofreció a todos una generosa lección difícil de repetir
en nuestros días. Ahora que las nuevas generaciones, las de aquellos que
nacieron en los años del incendio, exigen de una hermandad, de cualquier
hermandad, de su hermandad, una puesta en escena que se ajuste a unos
determinados cánones, que cumpla unas reglas no escritas para revestir de
un bello, impecable y atractivo formalismo la estación de penitencia,
cuesta trabajo entender lo que ocurrió en aquel momento. La
Cofradía de las Penas salió a la calle aquel Domingo de Ramos y el
siguiente desnuda, con la fe a flor de piel, con lo que la voracidad de
las llamas había respetado, que era, por otra parte, lo más valioso de
su patrimonio: sus imágenes titulares. Silencio en las calles de Córdoba, hasta en la siempre vocinglera e indiferente Carrera Oficial. Pasa la hermandad de Santiago. El escalofriante anonimato de sus hermanos y la estremecedora visión del crucificado a hombros, de la Virgen en un paso desnudo de respiraderos, compusieron una de las estampas de mayor profundidad cofrade que se han vivido en la ciudad. A todos nos gusta el esplendor de un paso de equilibrado diseño, artística ejecución y proporcionado exorno. Es natural. Pero éstos son elementos secundarios a la vivencia de fe que debe alentar a todo cofrade que se precie de serlo. La parte positiva de aquel suceso fue que los cofrades de las Penas contaban con la reciedumbre espiritual para componer un cortejo de profunda emoción que quedó grabado a fuego en el corazón de quien participó en él y de quien, admirado, lo contempló. Pero el drama del incendio, de la pérdida de
los enseres, lleva consigo otro pesar no menos doloroso. La Hermandad de
las Penas se quedaba, por unos años, sin sede canónica. Comenzaba un
peregrinar incierto, un llamar de puerta en puerta como desterrados,
exiliados por causa ajena. Primero fue en San Pedro, donde la Cofradía
de las Penas encontró acomodo. Pero aquella situación, en la que la
hermandad prácticamente seguía en su barrio, en su casa, duró un
lustro. La delicada situación de este templo que alberga las reliquias de
los Santos Mártires obligó a tres hermandades, dos de Santiago –Las
Penas y La Soledad- y la titular del templo –La Misericordia- a
diseminarse a su vez en busca de cobijo. Dos conventos y una modesta
ermita abrían sus puertas, es decir, abrían su corazón, a estas
corporaciones nazarenas. En el diminuto templo en el que se venera a la
Virgen del Socorro tuvo acomodo esta cofradía que no perdió en absoluto
el pulso de su actividad. La ermita fue la referencia, la prolongación y
el apéndice de una devoción que sus hermanos alentaban constantemente
sin manifestar el menor decaimiento ante tal cúmulo de adversidades, al
que hay que añadir el desplome de la bóveda de Santiago por razones que
será mejor no remover. Aquellos cofrades
tuvieron el comportamiento de los israelitas del salmo 136: fuera de casa,
con penalidades, pero con la esperanza sólida de regresar un día a esa
Jerusalén que era la parroquia de Santiago. Por último, dentro de este peregrinaje que
todos recordamos y que vosotros vivisteis en vuestras carnes, no puede
quedar atrás la parroquia del Carmen de Puerta Nueva. La grandiosidad de
Valdés Leal, cálida pero a fin de cuentas ajena, fue la última en
aquella posada, en aquel interminable éxodo antes de la tardía apertura
de la parroquia de Santiago en 1991. Más de una década fuera de casa,
llamando de puerta en puerta, superando obstáculos, solventando
problemas, sobreviviendo a fin de cuentas. Pero esta superposición
involuntaria de contratiempos, que eran hercúleamente vencidos uno a uno,
fue definitiva para que la Cofradía de las Penas adquiriera su
personalidad actual. En este tiempo se definió un estilo que es el que a
grandes rasgos se puede admirar cada Domingo de Ramos por las calles de Córdoba.
En este repaso a la historia reciente de esta institución nazarena no puede quedar atrás un recuerdo al viejo e insigne caserón del Realejo desde el que realizaba su salida procesional en unas angosturas que se superaban con voluntad y pericia. Este enclave, cofrade por excelencia donde los haya, pasó inmediatamente a formar parte del paisaje urbano de esta hermandad que en absoluto se mostraba allí extraña a la ciudad. El Realejo es el corazón donde con más intensidad palpita el ritmo cofrade de Córdoba.
Aunque bendecida en el convento de la Piedad, ese secreto de
exhuberancia barroca que Córdoba guarda junto a la Corredera, María Santísima
de la Concepción nace a la vida cofrade de la ciudad en el Realejo. Aquí
es donde se le mece por primera vez en su paso de palio. Hija del exilio,
esta imagen realizaría estación de penitencia por las calles de la
ciudad antes de pisar el umbral de su casa, algo que no ocurriría hasta
1991 cuando con un retraso excesivo abre de nuevo las puertas la parroquia
de Santiago, para mostrar un interior desnudo y frío que en nada, o casi
nada, recordaba aquel templo de barrio cargado de imágenes, de cuadros,
de lámparas, de retablos, de devociones, en suma, que se fueron
acumulando con el paso de los siglos y por la voluntad de los fieles anónimos.
Todo ese patrimonio, que también se salvó del fuego, pereció víctima
de otras voluntades.
A lo hecho, pecho. Más pudo la alegría del regreso. María Santísima
de la Concepción era la joya que la Hermandad de las Penas aportaba a la
parroquia, que desde entonces se convertía en un templo plenamente
mariano. A la desaparición de las que antiguamente había, de las que en
un momento hablaremos, ahora están la Madre de los Desamparados a los
pies de su Hijo, la Virgen de la Soledad, grave en su dolor que está a
punto de estallarle por los poros de la piel, y la Virgen de la Concepción,
una advocación gloriosa para una mirada cuajada de lágrimas, tan humana
y tan próxima que no cuesta trabajo descubrirla cada día en las imágenes
de cualquier telediario. La aceptación popular de una talla devocional
está en la empatía que ésta tiene con sus devotos. En este caso, el éxito
es total. Ella es la madre que sufre.
Ahora la vemos solemne cada Domingo de Ramos, en su paso de aire
distinguido que poco a poco se cuaja de plata para quien todo se lo
merece. La conjunción de sus elementos logra el objetivo de que la atención
se centre en sus ojos, tan expresivos como arrebatadores, que son los que
definen el tono pausado y solemne de su caminar. Marchas antiguas la
arropan mejor que ningunas otras. Mientras, la suavidad de las camelias
mitiga su dolor. En
el XV Encuentro Nacional de Cofradías, celebrado en septiembre de 2002 en
la localidad riojana de Calahorra, escuché al periodista sevillano Carlos
Colón –que es quien tiene las más lúcidas teorías actuales sobre el
movimiento cofrade- decir que hay muchas imágenes bendecidas, pero que imágenes
sagradas hay pocas, muy pocas. Estas palabras, difíciles de ser
comprendidas y asumidas, dan en la clave y son las que mejor definen el
culto que desde siglos recibe el Santísimo Cristo de las Penas en la
iglesia de Santiago. Sobre esta misma cuestión, y como complemento
de la misma, un buen amigo mío afirma que para que una imagen pase a
estar en el grupo de las grandes, es decir, de las imágenes sagradas, es
necesario que tenga un milagro o una leyenda. Qué decir de Gonzalo García, el cardador de
San Lorenzo que un día pasó ante la iglesia de Santiago camino de campo
para desahogar el dolor de la terrible enfermedad que sufría su esposa y
su única hija, y se topó con el milagro que inició la tierna y maternal
devoción de Córdoba a la Virgen de la Fuensanta, nuestra patrona y señora,
cuyo peso histórico se sobrepone cada año contra la mal llamada “Velá”
que en septiembre se organiza para mayor gloria del control político de
unos vecinos. Qué comentar de los milagros y leyendas que
blasonan la tradición arcangélica de devoción colectiva a San Rafael,
tan viva y pujante en la actualidad, y en todos y cada uno de los rincones
de ésta nuestra ciudad. Qué añadir al íntimo y profundo culto a los
Santos Mártires, de los que con acierto se ha acordado el Obispado en
este año en el que se celebra el décimo séptimo centenario. Así podríamos seguir con las innumerables imágenes
marianas aparecidas y que el piadoso sacerdote José López Baena recogió
hace más de 200 años en un librito bellísimo en el que detallan las
milagrosas manifestaciones de 16 vírgenes, de las que unas han perdido su
devoción, algunas están arrinconadas y otras simplemente han
desaparecido de forma tan misteriosa a como vinieron. Quién nos puede dar
ahora noticias de Nuestra Señora de la Zarza, de la Salud de las Heras,
del Pozo de la calle Consolación o de la Concepción de la plaza de
Abades. En esta incuria del paso de los tiempos se
encuentra también una imagen mariana que durante siglos compartió devoción
en la parroquia de Santiago con el Santo Cristo de las Penas. Nuestra Señora
de la Blanca, aquella Virgen de dimensiones colosales cuyos rosarios se
repartían por toda Córdoba para proteger a las parturientas, desapareció
anteayer, como quien dice, de la nave del evangelio sin que nadie diera
explicaciones, sin pedir opinión a sus devotos. Hace solamente un par de
décadas se borró todo vestigio de ella en la iglesia. Ahora, despojada
de todo su ajuar y sin su retablo, está en el Museo Diocesano, junto a la
Virgen de las Huertas, otra imagen aparecida que tuvo gran devoción en el
desaparecido convento de la Victoria. El Santo Cristo de las Penas también disfruta del honor de figurar en esta primera división de las tallas que han gozado del fervor de sus fieles y que, afortunadamente, va a más. Pocas imágenes en Córdoba pueden lucir las patentes de grandeza de los sumarios de indulgencias y demás gracias concedidas con el paso de los tiempos por pontífices y prelados como ratificación solemne y exclusiva de una voluntad popular. No ha llegado hasta nosotros testimonio alguno, pero cada vez que veo al Cristo de las Penas me lo imagino en una capilla de pesadas colgaduras, de infinidad de lámparas quemando el aceite del agradecimiento que los fieles llevaban en cuartillas, de cera ardiendo que por libras se legaban en las mandas testamentarias. Perdonad que deje la imaginación volar y lo vea, como si leyera el fruto de una investigación de Juan Aranda a quien tanto le debemos los cofrades cordobeses, con su cruz plana, cubierto con velos acaso, y tras él una Jerusalén anochecida por el humo de los años. En las paredes, infinidad de bracitos, de
ojos, de diminutas piernas de metal o de cera, de tablitas relatando
hechos prodigiosos, milagros antiguos de niños rescatados de pozos sin
herida alguna, de calenturas que cesaron de repente, de llagas que se
cierran de la noche a la mañana tras encomendarse al milagroso Cristo de
Santiago. De todo este imaginario pasado han llegado a nuestros tiempos
los dos sumarios de indulgencias que logró la marquesa de Benamejí y que
aún se conservan a las plantas de tan portentosa imagen. Aquella mujer,
que por siempre debe estar en el recuerdo de la hermandad, alcanzó también,
con su influencia y con un buen pellizco de su peculio, que la Santa Sede
agregase la capilla del crucificado de las Penas a las gracias
espirituales de San Juan de Letrán, la catedral de Roma, nada menos. Actualmente, el Santo Cristo de las Penas
preside su capilla en medio de una sobriedad admirable. Entre la Madre de
los Desamparados y San Juan Evangelista, con la nobleza dorada y desnuda
de los sillares de caliza a sus espaldas. La flor siempre en su justo término:
en color, en forma y en cantidad. Ausencia de un recargamiento que falsearía
la verdad de su misterio. Es la silueta de un crucificado de escuetas líneas
para una fe sentida, sin grandilocuencias. En definitiva, el clima justo
para mantener esa herencia de siglos que reza en los labios de sus
devotos. Como decíamos al principio, ahora que
llegamos al término de estas líneas, el cincuentenario de esta cofradía
es una oportunidad única para el examen del tiempo transcurrido, para
aprovechar todo lo bueno que se ha hecho en este tiempo, para coger
fuerzas para los tiempos venideros. Este medio siglo que ahora se cumple es también
el momento –por qué no- de presumir de quien se es, de lo que hicieron
quienes os precedieron en el esfuerzo y el sacrificio diario para el mejor
lucimiento de la hermandad, de potenciar esa labor callada hacia los
necesitados de la feligresía, de colaboración estrecha con la parroquia.
En este aniversario, que con el acto de hoy
inicia su caminar, estoy seguro de que la Hermandad de las Penas proyectará
lo mejor de sí misma en el intenso, variado e interesante programa
preparado con mimo no exento también de contratiempos que se olvidarán
con la balsámica misericordia del Cristo de las Penas. Termino con un llamamiento: que la ciudad de Córdoba,
que en casos de necesidad siempre ha dirigido su mirada hacia este bendito
crucificado, sepa que la Hermandad de las Penas, la que cada Domingo de
Ramos se convierte en la mejor embajada del barrio de Santiago, celebra
sus bodas de oro, como se diría en una convocatoria de cultos desvaída
por el tiempo, para mayor honra y gloria de sus sagrados titulares. Muchas
gracias. En Córdoba, a 22 de enero de 2005 Festividad de San Vicente mártir
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